El país que no nos importa

Cantaba Piero hace muchos años “Hay país, país, país. Hay país, país”.

El viaje a Tucumán para participar del 46 Congreso de Agentes de Viajes estuvo lleno de sorpresas, por un lado, la voluntad de los asistentes por volver a encontrarse, que se manifestó en su alegría, en sus ganas de estar cerca del otro, y en la necesidad de abandonar el Zoom para siempre.

Hubo quienes fueron en avión, quienes viajaron en micros de larga distancia y también algunos heroicos viajeros que lo hicieron en sus propios vehículos. De ellos recogimos una enorme cantidad de comentarios que mostraban una visión de la Argentina profunda que rara vez logramos conocer, porque casi siempre lo urgente tapa a lo importante.

Durante la presidencia de Carlos Menem lo escuchamos decir “ramal que para, ramal que cierra” y 32 años después podemos observar cómo afectó a la actividad económica del país en general y al turismo en particular.

Hoy viajar en tren a Tucumán es casi una misión imposible.

En cambio, viajar por tierra desde Buenos Aires a Tucumán o cualquier destino turístico del interior del país es una odisea que roza con el turismo de aventuras.

Rutas mal señalizadas, caminos rotos, iluminación escasa, son solo algunos de los desafíos que se deben sortear para llegar al destino elegido.

Pero, además, la hotelería en ruta es deficiente y la gastronomía en algunos casos de dudoso buen gusto; y nos acompañan en casi todos los recorridos del interior del interior. ¿Estarán alejados de la mano del Estado? ¿Fuera de ruta tal vez?

Nuestro país, que producto de la pandemia nos ha llevado a descubrir el turismo de cercanías, en muchas rutas no está preparado para viajes por tierra, pero nadie lo dice.

Las rutas no se desarrollaron para que el ciudadano común pueda recorrer cientos y cientos de kilómetros y encontrar alojamientos y restaurantes con los mismos parámetros de calidad que se observan en las grandes ciudades y destinos turísticos desarrollados

¡Y ni hablar del nivel de precios! Que casi siempre es inversamente proporcional a la calidad de los servicios ofrecidos. Por supuesto que hay excepciones, pero sin dudas son las que confirman la regla.

Vivimos en un país en el que las rutas se inauguran cada vez que tenemos elecciones y a pesar de ello en muchos lugares son casi intransitables.

La semana pasada le reconocíamos al ministro de Turismo y Deportes, Matías Lammens, que coincidíamos con su voluntad de pretender generar una política a largo plazo, pero por las dimensiones de nuestro país y la cantidad de vuelos de cabotaje que ostenta, la viabilidad del turismo se hace difícil. Es necesario que la conectividad no sea solo aérea.

Si bien mucho se habló de la Revolución de los Aviones, las líneas aéreas Low Cost y la capacidad de transportar pasajeros en todo su conjunto, deberíamos pensar en cuánto se beneficiarían las regiones en general y el turismo en particular si el recurso vial fuera una opción amigable para el viajero.

Estamos en el Siglo XXI y, salvo error u omisión, pareciera que las rutas que sabemos transitar son casi las mismas del Siglo XIX.

Nuestro país necesita, como dijo Matías Lammens, una proyección de la actividad turística a largo plazo, nosotros agregaríamos que debería trascender las banderas políticas, y transformarse en un proyecto común para todos los argentinos.