Hasta que aparezca la vacuna

Apenas iniciado el 2020, el mundo se convulsionó por el surgimiento de una nueva enfermedad que rápidamente se transformó en pandemia.

En una localidad china de la que pocos habíamos oído hablar comenzó una historia que cambiaría definitivamente la cotidianidad para transformarla en una realidad alterna muy diferente a la que estábamos acostumbrados.

En esa realidad vamos incorporando una serie de vocablos que marcarán el futuro inmediato del turismo en todo el mundo, y también los usos y costumbres.

Cada vez escuchamos más seguido las palabras protocolos, aforos, sellos de seguridad, corredores libres de coronavirus, distanciamiento físico, y algunas más que seguramente me estoy olvidando, pero que nos llevan a la despersonalización del trato y al cero contacto con el otro.

Casi, casi que nos van generando el miedo a los extraños. A mirar feo si alguien se acerca más de la cuenta y a sentirnos seguros sólo cuando lo vemos con su cara cubierta con una máscara o barbijo.

Muy rara toda esta nueva normalidad ¿no?, porque hasta hace poco tiempo atrás lo que nos daba miedo era justamente ver acercarse a alguien con la cara cubierta.

En esta nueva realidad, ¿veremos restaurantes y bares con muchas mesas y sillas vacías, trenes y buses con la tercera parte de sus asientos ocupados, lobbies de hotel con tótems que obligarán al check in a través de nuestro Smartphone?

¿Tendremos camastros en las piscinas, límites de tiempo de permanencia en las playas, donde sólo podremos caminar si estamos separados a más de 2 metros de otro ser humano?

Se especula con que habrá grupos pequeños de turistas, preferentemente familiares o amigos, y en casi todos los casos sin poder compartir sus caras de asombro o sus sonrisas ante el masivo uso del cubre bocas, o barbijo. Y ni que hablar de interactuar con los habitantes del destino que estemos visitando.

De ser todo así, ¿qué turismo nos estaría esperando en el futuro cercano?

Uno muy parecido al que se popularizó en las décadas del 60 o 70s, de mirones, con mucha contemplación y poca conexión con el lugar y su gente, solo la necesaria para saber que estuvieron allí.

Tal vez algo bastante parecido a los demoledores tours por Europa que visitaban 15 ciudades en 10 días. Los más memoriosos seguramente recordarán aquella famosa frase que decía “si es martes, es Roma”.

Era una época en que se buscaba conocer la mayor cantidad posible de monumentos, iglesias, palacios y museos. Se subía y bajaba de buses en maratónicas jornadas para aprovechar el tiempo, y se pensaba que era muy factible que nunca volvieran a repetir el viaje.

Con el advenimiento de unas clases medias más numerosas en países en vías de desarrollo y el abaratamiento de los vuelos llegó el turismo de masas, y también la turismofobia.

Fue entonces cuando se comenzó a hablar del “turismo de experiencias”.

Se dejó de ser meros contempladores de paisajes para comenzar a mixturarse con la cultura local, a integrarse al paisaje, a compartir costumbres, participar de fiestas paganas, saborear su gastronomía típica y también compartir una habitación en la casa de un anfitrión.

No cabe ninguna duda que habrá pocos viajeros que hoy -y al menos por un largo tiempo- se animen a dormir en el sofá del living de un extraño, o se sientan muy cómodos al participar de un Lollapalooza en Berlín, París o Estocolmo rodeado de miles de extraños.

El Covid-19, al menos por ahora, terminó una época de reencuentro entre las culturas, e indudablemente significa un regreso al pasado.

Pero nosotros somos optimistas, sólo será hasta que aparezca la vacuna.