No seamos ingenuos

Después de 8 meses de tensa espera, finalmente volvimos a tener un fin de semana largo presencial. ¡¡Aleluya!!

Las celebraciones del Carnaval, en febrero, habían sido los últimos días que nos habíamos tomado antes de la pandemia desatada por el Covid 19, pandemia que aún está vigente en el mundo entero, incluido nuestro país.

Como ha sucedido en cada feriado largo o extra largo en los últimos años, una vez más se han barajado cifras de dudosa certeza y hasta hubo algunos aventureros que lanzaron expresiones casi triunfalistas con respecto al éxito de este miniweek.

A decir verdad, con las restricciones para el ingreso a muchos distritos, la reducción en cantidad y frecuencia de vuelos y la menor capacidad en los micros de larga distancia, el movimiento de turistas por el país fue bastante reducido.

Se anunció que unas 530 mil personas tramitaron el certificado “Verano”, necesario para trasladarse entre jurisdicciones, que si lo comparamos con el ultimo feriado del Carnaval, cuando hubo 2.280.000 personas disfrutando de los atractivos turísticos argentinos, el resultado es magro.

Haciendo un comparativo con 2019, el último fin de semana largo del año pasado por el Día de la Soberanía Nacional -que contó con cuatro días debido al feriado “puente”-, mas de 1.200.000 viajeros hicieron turismo por Argentina.

En junio, el feriado del paso a la inmortalidad del General Güemes tuvo un movimiento de 937 mil turistas, mientras que la Semana Santa dejó un balance de 1,6 millones pasajeros.

Eso dio como resultado que en 2019 hubo más de 6,6 millones pasajeros, solamente en fines de semana turísticos. Si mal no recordamos la administración MM pretendía eliminar o reducir a su mínima expresión los feriados turísticos del calendario nacional.

Esos más de 6 millones de turistas de alguna manera eran un adelanto de como serían las vacaciones estivales; y si los resultados de 2020 fueran tomados como parámetros, el futuro de los destinos turísticos autóctonos se vería bastante oscuro.

Es indudable que las vacaciones de 2021 no dejarán titulares como “explotó el verano”, o “récord de visitantes”, y el temor de los empresarios del sector presagia que los visitantes esperados estarán muy lejos de sus emprendimientos turísticos.

El fin de semana pasado no fue un test, ni siquiera sirvió de prueba para marcar una tendencia. Fue más bien una expresión de libertad para poder ver parientes y amigos o comprobar el estado de sus casas de vacaciones sin trámites complicados.

Si queremos tener un botón de muestra de cómo viene la temporada, observemos el comportamiento de los argentinos ante el programa PreViaje, que como ya hemos dicho muchas veces es una excelente idea pesimamente ejecutada.

De los más de 40 millones de argentinos que podían hacer uso de este excelente beneficio, solo 350 mil turistas lo han usufructuado hasta el momento pensando en 2021.

Esos pasajeros generaron ingresos por $6500 millones al sector, obteniendo la posibilidad de recuperar, para gastar en esas u otras vacaciones en el país, el 50% de lo gastado, o sea $3250 millones.

El monto previsto para devolverle a los pasajeros e incentivar los viajes en nuestro país es de $16 mil millones, es decir que la iniciativa no llegó a ser utilizada en la tercera parte del monto asignado. Una pena.  

Evidentemente la pandemia del coronavirus vino aparejada también por una fuerte crisis económica, que generó desempleo ante el cierre de miles de empresas en todo el país.

A esto también debemos sumarle la falta de uniformidad en los criterios para generar protocolos para la apertura de la actividad turística en cada provincia. Y no olvidemos la demora en la decisión de permitir los traslados con fines turísticos en trenes, buses y aviones hasta muy adelantado el mes de noviembre.

La combinación de este cóctel de desencuentros se convierte en un brebaje letal a la hora de planificar las vacaciones familiares. 

El feriado largo de diciembre fue una prueba del funcionamiento de los protocolos, donde pudieron verse algunos “grises”, y sirvió para aceitar las fallas presentadas por algunos sistemas de control, pero nada más.

Creer otra cosa sería ingenuo.