¿Nos estarán escuchando?

Un año entero ha pasado desde que la Organización Mundial de la Salud declaraba que el brote de un nuevo coronavirus -surgido aparentemente en China a fines del 2019- se había convertido en pandemia.

En estos 365 días el turismo vivió su peor pesadilla, de la prohibición casi total de vuelos y traslados en el mundo al cierre de fronteras. Desde hoteles, bares, restaurantes y agencias de viajes sin actividad alguna a aperturas parciales con pocos resultados económicos.

Implementación de cuarentenas, exigencias de Test PCR, toques de queda, aforos, todo eso y más en la búsqueda por controlar el contagio que provoca el COVID 19.

A lo largo y ancho del mundo son cientos de millones de personas las que sufren por las limitaciones impuestas a la actividad turística, dejando desempleados sin perspectivas de volver a su trabajo en el corto, mediano y largo plazo.

A partir de allí, la necesidad de la ayuda del Estado se convirtió en un salvavidas imprescindible para una actividad económica que va a tardar mucho en recuperarse.

Esa ayuda tiene diferentes nombres, pero el mismo significado en todas partes. ERTE en España, “Cheque de Estímulo” en Estados Unidos o ATP para nosotros aquí en Argentina.

A todos les sirvió para la supervivencia, es cierto. Era eso o bajar las persianas, porque se sabía que ninguno iba a facturar por largos meses, y también que había que mantener a los empleados de alguna manera. Por suerte los gobiernos de muchos países, incluso el nuestro, así lo entendieron.

En Argentina, además de esas ayudas para los trabajadores, hubo otro tipo de beneficios para las empresas consistentes en el no pago de cargas sociales, suspensión de pagos de cuotas de préstamos e impuestos, refinanciación de deudas de tarjetas de crédito y congelamiento de alquileres, pero no fue suficiente, porque todas estas medidas lo único que hacían era patear para adelante los vencimientos.

Los empresarios no tienen el bolsillo del payaso y la incertidumbre va acabando con los recursos y las ideas.

Por eso, muchas empresas se vieron obligadas a recurrir a las entidades financieras en busca de créditos para hacer frente a los gastos que se seguían acumulando, y el Estado los ayudó con el otorgamiento de Créditos a Cuota Cero durante los primeros 12 meses, o con tasas más bajas que las del mercado.

Y aquí sucedieron dos situaciones difíciles de congeniar con la realidad de los empresarios. Por un lado, los créditos otorgados no son un aporte sin devolución, los créditos deben pagarse igual y la situación no ha mejorado demasiado con el paso del tiempo. Por el otro, no todos pudieron acceder a esa financiación porque para ello los empresarios debían ser Carmelitas descalzas, y nuestro país es caldo de cultivo permanente para las economías informales. Conclusión, poco para pocos.

A un año del inicio de la crisis pandémica las reuniones con representantes del sector público y privado se reiteran. Las explicaciones acerca de la particular situación que vive la actividad y la imperiosa necesidad de la continuidad de muchas de esas ayudas se plantean como las únicas condiciones de supervivencia, pero las respuestas ni son tan rápidas, ni tan contundentes como las que hacen falta.

Así y todo, hasta el momento se implementó el REPRO II, donde los montos otorgados son muy inferiores a los que cubría el ATP y bastante más difícil de acceder a ellos, porque las Carmelitas ahora deben ser monjas de clausura.

Esta semana se volvió a anunciar una nueva línea de créditos a Tasa Cero durante los primeros 12 meses y la gran pregunta es ¿de dónde saldrá el dinero para pagar las cuotas si la facturación sigue siendo casi inexistente? La respuesta solo Dios la sabe.

Al igual que en Argentina, en Perú, Alemania, España, Francia, Países Bajos, Italia, Reino Unido o Estados Unidos -y siguen los nombres-, las respuestas siguen siendo parciales e ineficientes fundamentalmente, llevando al borde de la extinción a una de las actividades económicas que más empleo genera en el mundo. 

Es muy difícil romper el paradigma, pero si no se encuentra rápido una solución demasiada gente quedará sin empleo y probablemente la enfermedad será peor aún.