Vuelven los viajes de los estudiantes

Había una vez, un negocio turístico que muchos consideraban muy traído de los pelos, controvertido y poco profesional, era el de los viajes estudiantiles.

La gente no pensaba en ellos como un trabajo profesional realizado por verdaderos agentes de viajes, al punto tal era así, que en muchos casos eran organizados por los propios profesores de educación física de los colegios, aunque con diversos resultados.

Claro que eran otros tiempos, y el espacio para la duda lo generaban los mismos que vendían esos viajes para jóvenes a Bariloche, Villa Carlos Paz, el Túnel Subfluvial o, más recientemente, un parque con fauna marina en la costa atlántica o un parque temático de animales en la zona norte de la provincia de Buenos Aires.

Muchos adultos se acuerdan que “Centur es Bariloche”, o lo era, que “viajaban con Snow” o que Zaiga promocionaba “el mejor viaje de egresados”. Usted, caro lector ¿se acuerda?

Los viajes estudiantiles, ya sean de Egresados o de estudios, representan un importante negocio para las empresas organizadoras, los prestadores de servicios y el destino receptor de los contingentes, pero recién a partir de su reglamentación fueron tratados con la rigurosidad de un viaje turístico.

Allá por el año 2007, y luego del cierre de una agencia que dejó a varios miles de jóvenes reclamando por sus viajes a Bariloche, la ex Secretaría de Turismo de la Nación dirigida por el entonces secretario Enrique Meyer, creó el FONDO DE TURISMO ESTUDIANTIL a través de la Resolución 237/2007.

Dicha ley contempla la figura de un fideicomiso administrado por el Banco Nación, que es alimentado por la nunca bien comprendida “Cuota Cero”, precisamente la que preserva a los estudiantes de no quedar varados en caso de que la agencia contratada no pueda realizarles el esperado viaje.

El fideicomiso actúa como un seguro de viaje frente a cualquier inconveniente que tenga la agencia para cumplir con el contrato y permite que los viajes se concreten independientemente de la circunstancia que lo impida.  

En el contrato de viaje, que es obligatorio, y deben firmar las agencias de viajes con los padres o tutores de los jóvenes viajeros, se establece que esa cuota debe abonarse antes que cualquier otro pago y que la empresa prestadora del servicio la debe hacer efectiva en un lapso no mayor a los 60 días de la firma.

Como en cualquier otra actividad comercial, nadie está exento de que le vaya mal en los negocios -pensemos en que todos han obrado de buena fe-, pero la realidad indica que si bien no han sido tantas las empresas que desaparecieron, el volumen de pasajeros sí es inmenso.

¿Quién no recuerda haber visto en las tapas de los diarios y en los noticieros a chicos con sus padres en las puertas de los colegios llorando porque los habían dejado sin su viaje? Bueno, eso ya no sucede.

En su momento cerca de 100 mil adolescentes viajaban por año sólo a Bariloche y el Fondo de Turismo permitió que nadie perdiera su viaje desde aquel 2007.

Pero increíblemente, 14 años después de la creación de este “seguro de viaje” para el Turismo Estudiantil existen muchos padres que no saben con certeza de la importancia de la “Cuota 0”.

Como dice la señora Mirtha Legrand: “el público se renueva”, pero la experiencia de la contratación del viaje sigue siendo la misma, y son los mayores los que no pueden decir que no conocen una Ley que ante todo los protege de que el empresario pueda dar un mal paso.

Hoy el Turismo estudiantil calza pantalones largos, es responsable y ofrece seguridad, evitando que los funcionarios carguen con la responsabilidad de contener a padres e hijos al borde de la locura. A pesar de eso, la autoridad competente no siempre le paga con la misma moneda. Y a veces ni siquiera les paga.